La lujuria nubla el juicio. Escrito por Ryan L.

25 | 04 | 2022
La lujuria nubla el juicio. Escrito por Ryan L.

"Ciertamente la vida da vueltas, a veces estás disfrutando en tu habitación de tu propio placer, y al otro día, en un lugar público revolviendo tus manos en la cálida piel de tu amante." La noche es eterna, sobre todo cuando los seres humanos se proponen algo más que solo beber algo, y para colmo, ese fuego que todos tienen reservado en una suerte de "cajita misteriosa" decidió estallar y llenar cada extremidad de una necesidad imperiosa de placer carnal.

Un joven de cabellera abundante, ciertamente no larga, más bien, esponjosa, de un color incierto a la luz de la luna deambulaba por las profundas calles del centro de Santiago, cada local iluminado, escaparates con letreros de neon que anuncian los nombres de aquellas tiendas, una gran variedad de cafés, restobares, pubs y su consiguiente montón de locales más con aspecto de mala que sin duda eran el último lugar donde decidiría caer nuestro protagonista.

Finalmente la suerte iluminó el camino del pelinegro, el hombre de alrededor de un metro setenta, quizá un poco más, de contextura gruesa, algo descuidada, quizá por la gran carga laboral, o la gran carga de estudios, se podría definir como aquel tipo de cuerpo que se mantiene bien pero, se deja castigar por esos fuertes y traicioneros antojos de media tarde, o media noche, o quizás en ambas jornadas. Finalmente el picaporte finalizaría su recorrido, la puerta estaría completamente abierta, y su caminar anunciaría la llegada de un nuevo visitante a lo que parecía ser un bar algo elegante.

Nada más posicionar sus gruesas piernas sobre uno de los asientos, pediría en la barra algo simple, un vaso de whisky con hielos, al parecer la noche de "cacería" había ido bastante mal, ni una chica cayó ante sus encantos, ni ningún chico que despertara su curiosidad lo suficiente como en algunas ocasiones que acababa "Pasandose al otro lado" por ese día.

—Aquí tiene— esas palabras interrumpieron sus divagaciones, bajando su cabeza unos centímetros mirando al barman de reojo, exclamó un desanimado —Gracias— que finalizaría esa pequeña conversación, pues el trago comenzaría a resbalar por su garganta, una vez, encontró que fue suficiente para refrescar, dejo el recipiente a medio tomar en la barra, más una armoniosa y dulce voz, con tonos juguetones, que despedían cierto aire de pasión, desvío sus ojos hacia la izquierda.

—Y yo que pensaba que era la única persona aquí maldiciendo mi suerte, pareciera que te mataron a un familiar— ¿un chiste de mal gusto? Claro que sí, que mejor forma de iniciar una conversación, o eso pensaba aquella mujer de largos cabellos, parecían hilos trenzados de la forma más fina y elegante posible, un rostro suave, delicado pero que desprendía un carácter fuerte autoritario pero, relajado, ojos con forma de almendras y una nariz pequeña, labios gruesos, una cara que despierta sospechas, y que vulgarmente dirías "No puedo esperar el segundo para tenerla sobre mi." Y podrías pasarte toda una noche describiendo sus facciones casi talladas a mano, pero, lo competente en este caso era dar una respuesta a aquel acercamiento. —Ni te imaginas, digo, todos tenemos malas noches pero jamás había llegando al final de una y lamentado haber tomado mi billetera y salir a buscar una revolcada. Lo más seguro es que no vuelva a ver tu rostro así que, prefiero ser sincero con una desconocida antes que hacerme el interesante, soy un ganador pero, me he dado por vencido— replicó el pelinegro a medida que su vaso poco a poco quedaba vacío, solo el hielo que humedecía y condensaba gotas de agua por aquel contorno del vaso.

Con una sonrisa felina, aquella suspicaz de mujer, replicó al hombre de frente, sabía lo que quería conseguir aquella noche —Tienes una enorme astucia de creer que solo me verás en este bar, pero, de todas formas, supongo que a estas alturas da igual, tu mismo lo dijiste...

Ambos estamos rendidos por lo que, considera compartir nuestras desgracias, dicen que negativo y negativo es positivo—

Si bien, todo aquello estaba tornándose más curioso cada segundo que pasaba, el calor de la "cajita" interna de aquel hombre poco a poco comenzaba a derretir las cadenas que encerraban su contenido, y este se liberaba gradualmente en su sistema. Las yemas de sus dedos poco a poco ardían, las llevó hacia aquel helado vaso que carecía de contenido, y sus ojos, como dagas, se clavaron en los de su "contraria" mordiendo su labio con tal fuerza que sintió que en cualquier segundo la fina piel de aquella zona cedería ante sus propios dientes, aclarando la garganta, apoyó su mano con firmeza sobre la barra, bajando sus caderas de aquel asiento, el hombre ahora de pie, se acercó con aquella expresión de jugueteo, relamiendo sus labios, se acercó a la mujer que se encontraba sentada, deslizó una de sus piernas, sus delicadas y finas piernas, cubiertas únicamente por calzas de red, decoradas con una bella falda de un color rosa pastel de encajes blancos. El pecho de su "acompañante", estaba cubierto por un chaleco de cuello alto, y una suerte de chaquetilla de un color azabache.

Una respiración agitada se dejó en evidencia, ambos, seres frustrados por no conseguir sexo, parecía que en ese momento se conocían a la perfección, solo por ese instante, eran amantes de toda la vida, sus rostros gradualmente estaban más cerca, el barman solo observaba de reojo, mirando con una expresión de desconcierto, concentrando su atención a clientes nuevos que inundaban aquel local del centro.

Entre tantos estímulos externos, y tantos ruidos que nacían de aquellas masas de personas, sus labios se juntaban, aunque, romántico tal vez es todo lo contrario a lo que en ese contacto aconteció, sus lenguas, desesperadas como un condenado a muerte, parecían fundirse entre sí. Oh, cálida saliva, cálida y pegajosa, sus fluidos formaban un perfecto caldo de cultivo para lo que la joven noche les esperaba, sus manos volaban, hacia el busto, hacia la cintura, eran exploradores en un monte desconocido, recorriendo cada punta y extremo.

Aquella "cajita" habría finalmente abierto por completo, reducida a cenizas, la lujuria, la necesidad de ahogar sus gemidos y jadeos en el hombro del otro había hecho ceder a ambos entes. Aquel fogoso beso solo fue el antecedente para que en un abrir y cerrar de ojos, las puertas del baño del local les dieran la bienvenida al que sería el lugar donde consumarían el acto. Espacioso, quizás era la mejor forma de describir aquel lugar, bastante más grande que uno promedio, decorado con baldosas que asimilaban madera, ahí, un gran lavamanos de cerámica negra, ahora era invadido por la falda rosa pastel y las manos del hombre. Poco a poco, sus manos se deslizaban por su abdomen con destino, su entrepierna. La lujuria nos nubla el juicio. Con violencia, pero cuidado, aquellas bellas calzas de red, eran cortadas por las firmes manos del pelinegro que se hacían espacio para deleitarse de aquella íntima zona de su "pareja", sus lenguas, en ese instante juntas como si hubieran sido cocidas con hilo y aguja, ahogaban jadeos por parte de la mujer.

Sus manos delicadas y delgadas, desnudaron el torso del hombre, su camisa blanca, manchada por el sudor dejaba su abdomen expuesto. Finalmente el juego empezaba a consumarse, irónicamente, pues sus dedos que jugueteaban en su ropa interior, se deslizaron dentro de aquella húmeda y cálida cavidad, no perdía su tiempo, con suaves movimientos, algo torpes, masajeaba los interiores de la de ojos almendrados, el calor de su espalda empañaba el espejo. La mujer no se quedaba atrás, sus uñas se clavaban cómo agujas en la espalda del hombre, rasguñando su carne como si un depredador encontrará a su presa, dejando tatuajes de un rojizo intenso en el lienzo musculado del contrario. Cada segundo que

pasaba los dedos del de cabellos negros eran inútiles, la señal era clara, debían consumar aquel acto, acercando el delicado cuerpo de la joven, a una altura cercana a su pelvis, sus pantalones ahora solo cubrían parte de sus rodillas y el resto de su pierna, al igual que su ropa interior, su erección, expectante, ansiosa, desesperada, por fin era liberada de aquella prisión. La lujuria nos nubla el juicio.

Aquel baño ahora, era testigo de cómo poco a poco, la hombría del pelinegro, se unía en un cálido, húmedo y pervertido abrazo a la intimidad de la que hace tan solo minutos, era solo una compañera de copas, o eso intento ser. Aquellas cuatro paredes ya no solo eran paredes, eran jaulas, que contenían a dos bestias y su mar de jadeos, su mar de gemidos. Mordidas, rasguños, lamidas, todo era parte de aquel festín que el mundano y pecador ser humano llama sexo, Cada tanto su pasión era interrumpida por golpes furiosos a la puerta, el tiempo corría, por más que ellos no lo sintieran, quince minutos, treinta minutos, no eran más que un puñado de segundos sin valor de peso como para frustrar aquel candente acto.

Ambos habían conseguido lo que querían, por muy antiético que fuera, el hecho de pensar que estaban teniendo sexo en un lugar público despertaba más aún aquella necesidad de hacer saber a todo el mundo que estaban disfrutando, en un bar lleno de almas en pena, que dos personas estaban disfrutando de lo que sus pieles envidiaban, los gemidos dejaron de ahogarse, de esconderse, las manos que contenían la boca de la mujer como un tapón, dejaron de ejercer presión, aquellos labios que la besaban de forma desesperada hicieron una tregua entre ellos, sus lenguas se descocieron. Todos sabían que espectáculo ahí yacía, pero como toda buena obra de teatro, toda esperada película, debe llegar a su fin.

Aquella erección comenzaba a hormiguear, aquellas piernas femeninas comenzaban a temblar, ambos sabían que se avecinaba el clímax, dónde sus fluidos serían los testigos que confirmarían la exitosa unión de sus cuerpos, un "polvo bien hecho" en la jerga vulgar. Silencio, silencio absoluto y total, solo duró unos segundos. Posteriormente, un gran quejido producido al unísono, un enorme grito para los comensales que se hallaban a oído contra puerta, esperando el desenlace de aquel degenerado acto, el mismismo barman incluso se hallaba intrigado, más que un grito, una aprobación divina de que aquel fugaz momento, había sido excelente.

Ambos amantes, pasaron a ser nuevos desconocidos, una charla en la que no vale la pena ahondar en aquel baño se desarrolló mientras entre ellos se ayudaban para limpiar aquel desastre de fluidos que tomó lugar en ese instante. Una vez listos para salir tal como un niño va a su primer día de clases, salieron orgullosos de manos tomadas, ningún cliente de aquel bar, ni el distinguido barman, fue capaz de dar una palabra, incluso hasta el más liberal de ahí se encontraba perplejo. Abandonaron el lugar como una pareja, una vez puertas afuera, sus manos se separaron, nunca más volverían a encontrarse, el de cabellos negros y la de ojos almendrados, terminaron ahí mismo su cuento.

La lujuria te nubla el juicio, tanto como para creer que una desconocida es tu pareja, y un baño de un bar concurrido es una cama en una casa vacía.